Estuve pensando mucho en mis últimos años de vida. Mastiqué y escupí, y volví a masticar y escupir, mil veces mis recuerdos tratando de destrabarme. Por tanto tiempo miré la falta: lo que yo no era, lo que no me salía, lo que no tenía. Pasé horas de mis días llorando por todo lo que no formaba parte de mi realidad. No sabía vivir con la falta.
Me perdí de una cantidad incontable de cosas por estar preocupada por si lo que estaba por decir no me iba a hacer quedar ridícula, por pensar en si la remera que tenía puesta no me quedaba mal. Tengo miles de fotos que nunca vieron la luz del día porque en el momento “se me veía la panza” o “me salió un ojo más chico que el otro”, y cuando las miro hoy solo veo la sonrisa que tenía en el momento que la sacaron, veo mi outfit favorito, veo un recuerdo. Por preocuparme por todo lo banal, lo físico, lo superficial, me perdí de sentir profundamente.
Por ejemplo, odié mis dientes toda mi vida: son minúsculos y están chuecos. No sonreía porque no quería que me vean. Se me achinaban demasiado los ojos y creía que las personas solo se enfocarían en mi boca. Me enfoqué tanto en el odio por algo tan tonto que nunca me di cuenta que cuando sonrío con dientes es porque estoy completamente pasada de felicidad, es como si mi cuerpo no pudiera contenerla y los saca a relucir. Recorro recuerdos que quedaron grabados y cuando veo mis dientes pienso, pienso, pienso y al final del camino siempre me encuentro con que estaba siendo completamente feliz en ese momento, sintiendo a pleno.
Tantas cosas podría mencionar con las que me auto-limité por años. Cosas imperceptibles para el de afuera pero que eran monstruos adentro mío. Me señalé tanto con el dedo a mi misma que al final del día sentía que estaba cometiendo un crimen cuando no sobre pensaba cada cosa que nacía de mí. Miro para atrás y solo quiero abrazar a esa Mia que tanto sufrió por auto-flagelarse.
No hay maquina del tiempo para volver atrás y revertir todo el daño que me hice, pero si no aprendo de mís errores ¿para qué me equivoqué? Estoy aprendiendo a abrazarme en los momentos donde hago cosas que sé que a mi yo del pasado le darían vergüenza, porque son en esos momentos donde nace lo más auténtico de mí. Aprendí a disfrutar el sonido de mi risa cuando estoy tentada, que no es nada agradable pero si es un sentimiento que no frecuenté por mucho tiempo. Me miro al espejo a la hora de salir a la calle y me sonrío a mi misma, con dientes, minúsculos y chuecos pero míos en fin.
Me gusta pensar que mi vida, como mi boca, está hecha de cosas chiquitas y chuecas pero que son mi felicidad.
Mini Mia con dientes aún más minis