Abuela, ¿qué son diez años al lado de la vida que me queda por vivir sin vos? Nada, unos simples días, un instante.
A medida que uno nace y va creciendo, te explican que creces y morís. Te avisan que, el orden natural de la vida es que tus abuelos se van a ir primero, después tus papás, hasta que eventualmente te toca a vos. Lo que nadie te avisa es que cada pérdida lleva un dolor tan profundo que no se puede explicar ni borrar, simplemente se aprende a vivir con él.
Envidio a las personas de mi edad que tienen una abuela con la cual compartir las cosas que viven. Una señora, una “viejita”, que te dice qué hizo o hubiese hecho ella, alguien a quien robarle ropa y mostrarle cómo la usa la juventud. Alguien que vio a tu mamá ser solo hija, alguien que alguna vez también fue solo hija hasta que le tocó subir en la escalera de mujeres de la familia.
Hay días que no recuerdo que no te tengo conmigo, son los menos pero igual están. Los que recuerdo tu falta me pesan en el pecho. Hace unos días que no dejo de pensarte, vienen siendo unos días pesados. Me gustaría tenerte acá para mirar picaflores en el patio mientras te pinto las uñas de algún “color de vieja” como diríamos todos. Quiero irte a buscar y que me estés esperando en sweater con tu cartera cruzada, en tus crocs marrones con pins. Deseo escucharte hablar para recordar a quien alguna vez fue la mujer que más amé en mi vida.
Ya no me duele tanto tu recuerdo, aprendí a míralo con nostalgia sin tristeza. Aún están los días ocasionales donde pensarte es una tortura masoquista. Me gusta recordarte con una sonrisa y me gusta recordarle al resto como eras vos. A veces me mira mi mamá o tus otros nietos y me dicen cuánto me parezco a vos, ya sea por la cara, el pelo, la ropa o tal vez alguna actitud de romántica extrema. Saber que sin querer te represento en mi día a día es algo que me llena el alma cada vez que lo mencionan.
No sé qué estarías haciendo si estuvieses acá hoy. No sé si estarías orgullosa de mí, qué consejo me darías o si me cocinarías un guiso de arroz para alivianar mis días malos. Todo son preguntas en cuanto a vos a las que nunca voy a tener una respuesta. Creo que puedo vivir con eso, con el no saber qué sería de vos hoy. Tendré que seguir reviviendo tus recuerdos hasta el final de mis días porque solo se muere quien se olvida, y déjame decirte que jamás te olvidaré. Mis hijos sabrán de vos porque sos la parte más linda de mi persona.
Aprendí a vivir sin vos. Es lo más difícil que hice en mi vida pero era un mal necesario para poder crecer. Ojalá pudiera no extrañarte pero es lo que me tocó en el tren de la vida.
Abrazo al cielo viejita. No sabes cuánta falta haces acá abajo entre los que te recordamos con el corazón lleno de amor con tu nombre.